FECHAS:
GRUPO A: 14 y 15 de octubre
GRUPO B: 16 y 17 de octubre
Algunos lugares no son ciudades, sino estados de ánimo.
Paul Valéry
Rávena se esconde de sí misma. Hay ciudades que se fotografían hasta la extenuación, ciudades que proclaman su orgullo monumental y ciudades que se inmortalizan al servicio del muy rentable romanticismo de las impías hordas turísticas. Rávena pertenece a otra categoría: las ciudades íntimas, sin pretensiones, que se descubren muy poco a poco, como si uno se adentrara en un libro antiguo que quedó olvidado en el viejo estante de la historia.
Durante dos días viviremos en una ciudad tranquila, casi silenciosa, donde parece imposible que siglos atrás hayan vivido exóticos emperadores, ejércitos invictos, audaces obispos, embajadores de Constantinopla y sublimes poetas exiliados. Las apariencias engañan: esta sencilla ciudad olvidada cuenta en su currículum haber sido capital de Imperio Romano del Occidente en el 402, capital del reino ostrogodo con Teodorico y capital del Exarcado Bizantino entre los siglos VI y VIII. Casi nada. Allí, en la ciudad que vio morir al mismísimo Dante, estuvo el final del Imperio romano de Occidente, allí comenzó el mundo bizantino en Italia, allí se mezclaron Oriente y Occidente de una forma tan original como única.
Pero Rávena se esconde, y por eso nos interesa. No se entiende desde sus calles, sino desde sus interiores. Sus iglesias son como cofres cerrados: por fuera, ladrillo sencillo, parco, silente; por dentro, oro, azul profundo, estrellas, jardines de piedra, figuras que avanzan lentamente desde hace quince siglos. Los mosaicos no decoran las paredes, construyen un universo: sin sombras, sin perspectiva, sin tiempo. Un canto hecho para la eternidad.
Entrar en el Mausoleo de Gala Placidia es entrar en la noche más hermosa del mundo antiguo: un cielo azul oscuro lleno de estrellas doradas que no solo brillan, sino que parecen ordenar el infinito. Entrar en San Vital es contemplar la procesión al emperador Justiniano y a la emperatriz Teodora avanzando pausadamente con su corte, como si el Imperio no hubiera terminado nunca. Desde sus largos frisos la comitiva nos vigila, nos cuestiona… ¿Quién mira a quién? Entrar en los baptisterios o las espléndidas basílicas de San Apolinar, es entender que, para los hombres de aquel tiempo, el mundo entero podía quedar atrapado entre las miles de teselas pétreas, tan vivas y presentes como las almas que representan.
Visitar Rávena es un viaje íntimo, un estado de ánimo lleno de sorpresas… para quien sabe ver. Es un viaje a un momento muy preciso de la historia en el que el mundo antiguo se estaba transformando, sin saber todavía cómo iba a ser. Un viaje al momento en que Roma ya no era ya Roma y Bizancio todavía no era Bizancio. Un viaje al lugar donde Europa cambió sin darse cuenta.
Rávena está escondida. Es una ciudad pequeña, introvertida, pero contiene siglos áureos muy bien custodiados. Y cuando uno se marcha, tiene la sensación extraña de haber estado en un oriente disfrazado de occidente. No en otro lugar, sino en otro tiempo. Y de que ese tiempo, como el más íntimo de los secretos, siempre permanecerá allí, esperando a ser descubierto.