LUGAR: ESPACIO RONDA (Ronda de Segovia, 50, Arganzuela, 28005 Madrid)
La literatura del pasado inventó héroes. El siglo XIX inventó monstruos.
Los hizo despertar sobre una mesa de disección, bajo la electricidad de una noche infausta; los dejó vagar entre castillos, cementerios y ciudades cubiertas de niebla; les dio colmillos, cicatrices, dobles, sombras y cuerpos amorfos que desafiaban las leyes de Dios y de los hombres. Pero, sobre todo, hizo algo mucho más inquietante: les dio nuestra mirada. El siglo XIX inventó el género del terror.
Nuestra conferencia es un viaje muy personal por ese momento extraordinario en que la imaginación romántica comprendió que el mal ya no necesitaba venir del infierno. Podía nacer en un laboratorio. Podía ser el infeliz producto del “Sueño de la Razón”, como profetizó Goya: ¿Cuántos seres abominables del XIX surgen de las prácticas clandestinas de científicos soberbios? El Mal se volvió así un producto profundamente humano. Podía incluso esconderse detrás de un rostro hermoso. Podía habitar una casa cercana, una conciencia semejante, un deseo universal. Podía llevar nuestro propio nombre.
Así se sembraron las noches decimonónicas de criaturas inolvidables: la criatura del doctor Frankenstein, nacido con hambre de amor; Drácula, que hizo de la sangre un deseo de eternidad; Hyde, la bestia agazapada en el corazón del hombre respetable; Dorian Gray, belleza intacta mientras el alma se pudre en secreto; y el Horla, el más terrible de todos, sin cuerpo ni rostro, apenas un aliento en la oscuridad. Monstruos distintos para una misma sospecha: quizá aquello que más tememos lleva mucho tiempo viviendo dentro de nosotros.
Necesitaremos ser muy valientes para entrar precisamente ahí: en esa habitación oscura de la literatura y de nuestro ser, donde lo bello comienza a resultar terrible y lo terrible, inexplicablemente, nos seduce. Allí donde el monstruo deja de ser una criatura que debemos destruir y se convierte en un espejo que todavía hoy seguimos evitando. Un espejo en el que, sin embargo, no podemos dejar de mirarnos.