CURSO MONOGRÁFICO
Sábado 31 de enero de 11:00 a 14:00 hrs.
Colegio Oficial de Doctores y Licenciados (CDL)
C/ Fuencarral, 101, 3ª planta – Madrid (28004)

Ni la opulenta palabra “dios”, ni la taxativa “creación” piden letra capital en el universo franciscano. Cuando el humilde visionario de Asís entra en escena, la escritura ya no invita a utilizar mayúsculas, sea o no falta a la ortografía. Porque todo en Francesco invita a lo pequeño, a lo minúsculo. Él mismo llamó a los miembros de su recién creada congregación, “frailes menores”. Giovani di Pietro da Bernardone (verdadero nombre del santo, al que su madre apodaba “francesito”, en italiano “francesco”) fue pequeño, enfermizo y voluntariamente pobre, tanto material como espiritualmente.  Midió su alma con la del marginado y el leproso. Convirtió la derrota en costumbre y la muerte en hermana. En su juventud fracasó como militar y como amante cortés. Ya religioso, fracasó en la evangelización del sultán y en el liderazgo de su propia comunidad. Murió joven y bastante incomprendido. Inspiró sin mayor intención el franciscanismo, que estaba destinado a cambiar la sociedad de su época y la historia del mundo. No creo que pudiera sospecharlo en vida. De hecho, me inclino a pensar que al poverello de Asís le sentaría bastante mal que casi ocho siglos después, alguien impartiese un curso sobre su persona. Porque Francisco se retiró en vida, claudicó, se entregó a lo único, a lo verdadero, a lo eterno: dios en su creación. Y en lo más profundo de la noche oscura de su propia vida miserable, supo cantar a las criaturas de dios, a todas las criaturas.

Francisco regaló a la espiritualidad bajomedieval que dios está en todo lo creado, y que todo lo creado es un acto de amor del creador. Con minúsculas. Y así, con su pobreza como lema, devolvió a su descarriada religión la más pura esencia de Cristo, la del amor. Por su parte, la curia romana supo muy bien escribir para la posteridad, con grandes letras mayúsculas, el nombre de aquel pequeño hombrecillo, que más y mejor, iba a acreditar para siempre a la Santa Madre Iglesia.

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