CINCO SESIONES
Siempre lunes de 19:15 h. a 21:00 h.
FECHAS: Noviembre 16, 23 y 30; Diciembre 14 y 21
LUGAR: ESPACIO RONDA
(Ronda de Segovia, 50, Arganzuela, 28005 Madrid)
Horario: de 19:15 h. a 21:00 h.
Hace no tanto tiempo la noche era verdaderamente oscura. Las ciudades terminaban donde comenzaban los angostos caminos y la carta de un gobernante necesitaba semanas de venturosos esfuerzos para atravesar los países de sus dominios. Desde tiempos inmemoriales, viajar fue una aventura épica, la enfermedad una maldición divina y el cielo nocturno, una inmensidad abrumadora.
Y entonces llegó el siglo XIX. No hace tanto tiempo…
En apenas cien años, el mundo comenzó a transmutarse desde sus cimientos. El vapor puso en movimiento fábricas, barcos y locomotoras; el ferrocarril acercó ciudades que durante siglos habían vivido separadas por jornadas de camino; el telégrafo consiguió que una palabra viajara más deprisa que cualquier coche de caballos; la electricidad empezó a domesticar la noche impía. La fotografía detuvo por primera vez los instantes. La medicina comenzó a desentrañar los secretos invisibles de la enfermedad. Nuevos instrumentos permitieron mirar hacia lo infinitamente lejano y hacia lo infinitamente pequeño. Los milagros se volvieron procesos razonables, y por lo tanto habitables.
El XIX fue el siglo de los prodigios.
Nuestro curso no será únicamente una historia de inventos y descubrimientos. Será la historia de la principal consecuencia de todos aquellos prodigios: un cambio radical en el imaginario humano. Porque cada nueva máquina modificó también nuestra manera de sentir, de percibir, de vivir y, por lo tanto, de imaginar. El tren transmutó la idea de distancia, de espacio y tiempo. El telégrafo, y luego la radio y el teléfono, hicieron imaginable un mundo infinitamente conectado. La fotografía transformó para siempre nuestra relación con la memoria y desvió los objetivos mismos del arte. La luz eléctrica venció a la noche y alteró el antiguo ritmo de las horas. Y los descubrimientos de la geología, la biología o la astronomía ensancharon de tal manera la concepción de nuestra esencia que el ser humano tuvo que aprender de nuevo cuál era su lugar en el universo. Los viejos y oscurantistas relatos religiosos se desvelaron como mitos caducos ante teorías de Darwin, y la construcción de una nueva idea humana se impuso. Aún seguimos en ello…
El XIX fue un siglo de una confianza casi ilimitada en el potencial de la ciencia y la tecnología, que adoptaba así ínfulas de religión civil, deshaciendo la posibilidad de todo misterio. Las máximas subrepticias de la nueva fe -que perviven hasta nuestros días-, se forjaron de modo global en el XIX: “Si no se sabe, se sabrá. Si no se comprende, se comprenderá. Si no se puede, se podrá”. Todo era cuestión de más investigación.
Y sin embargo, tras la eufórica confianza en la ciencia, nacía al mismo tiempo una profunda inquietud. Los escritores convirtieron aquellas promesas y temores en literatura, en la que, por primera vez, los protagonistas eran científicos (palabra inventada en esta centuria) y antihéroes: Shelley imaginó una criatura monstruosa nacida del empeño humano, contumaz y soberbio, por dominar el secreto de la vida; Julio Verne llevó a sus lectores a las profundidades del océano, al centro de la Tierra o a la mismísima luna. La ciencia despertaba entusiasmo, pero también vértigo: cada frontera conquistada parecía abrir otra todavía más remota y misteriosa. A veces peligrosa. Casi siempre irrevocable.
Tal vez por eso el siglo XIX es la página más romántica de la historia científica: quiso medir el mundo sin dejar de maravillarse ante él. Quiso comprender la naturaleza y, al mismo tiempo, sintió nostalgia por aquello que desaparecía bajo las chimeneas, las vías del tren y las nuevas ordenaciones urbanas. Amó el progreso, pero comenzó también a sospechar el alto precio que se habría de pagar por él: el conocimiento responsabiliza. Porque quizá el verdadero invento del siglo XIX no fue una máquina voladora, ni una fórmula universal de la materia, ni una revolucionaria propuesta de nuevo orden social. Fue algo mucho más inquietante y hermoso, algo mucho más determinante y vertiginoso: el descubrimiento de que el futuro, muy a nuestro pesar, podía inventarse.

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