«Apretaba el calor y estaba Abraham

sentado a la entrada  de su tienda…»

Gn 18:1

OCIO, ENCINA Y SOMBRA

          El calor aprieta contumaz en la tierra prometida. Abraham está sentado a la entrada de su tienda, en el viejo encinar de Mambré. El sol obliga a detener la marcha de tres desconocidos peregrinos. Es la hora de la sombra, del descanso, del otium (en castellano “ocio”), como dijeron los romanos.

El anciano de esposa estéril, infecundo, no sabe quiénes son esos tres viajeros. Diligente, sale a su encuentro, les ofrece agua para lavar sus pies, y descanso bajo el árbol. Sara prepara una comida abundante. Solo después comprenderán que, en aquellos extranjeros, habían recibido la visita de Dios. Es una de las grandes lecciones bíblicas: Dios, sea quien sea, sea lo que sea (seguimos sin certezas), se presenta con el rostro múltiple del desconocido. Alteridad.

El “otium” latino también es alteridad. No es la ausencia de ocupación, sino la presencia de uno mismo en el tiempo habitado. Es ese estado en el que la existencia deja de responder a las exigencias del mundo para escuchar su propio ritmo. No es un descanso del trabajo, sino un regreso a aquello que hace fecunda la vida: la atención, la contemplación, la creación, la hospitalidad y el asombro. El triunfo de la utilidad de lo inútil. Así, lo opuesto al “otium” es su negación: el “nec otium”, esto es el negocio.

Ha sido un año pródigo en la Jirafa Rosa. Terminados seis cursos de estudios medievales es el momento de buscar nuestra sombra bajo la encina. Es tiempo de ocio. No de pereza. No de languidez e indolencia ensimismada. No de narcisista autocomplacencia. No de atropellados itinerarios turísticos sin sombra. Porque el calor está hecho para la sombra, y no al revés. La copa ancha y redonda de la encina de Machado (en la que nada brilla, ni su verdioscura fronda ni tu flor verdiamarilla) tuvo sus raíces en Mambré. Nos espera si sabemos encontrarla. Allí deberemos aguardar atentos el paso peregrino de la otredad.

Así, bien protegidos por verdioscuras ramas frondosas, tal vez vengan a nuestra mente la visiones de un medievo ignoto, la textura flexible de los pergaminos, las cimbras fantasmagóricas de los arcos ojivales, la tierna sonrisa de Mariam, la mirada quebrada de un mosaico  en Santa Sofía y sobre todo la gran letanía machadiana que ya jamás dejará de resonar: el ojo que ves no es ojo porque tú lo veas… Los otros somos nosotros. Tal vez fue este último pensamiento el que empujó al viejo patriarca a salir al encuentro de los extranjeros… Pensó: “¿Y si yo fuera el extranjero?”

El calor aprieta en Castilla la envidiosa. Busquemos la sombra. Repetimos: el calor está hecho para la sombra, y no al revés. Hace calor para que busquemos la sombra. Habitémosla, y desde allí, salgamos al encuentro. Traigamos lo diferente a nuestra encina. Trabajemos, compartido, nuestro ocio. Desvelemos el rostro desconocido para ver algo más, para ser algo más.

Al acercarse el otoño y remitir el calor, La Jirafa Rosa recorrerá caminos muy diferentes a los medievales. Es condición jirafil tender a lo desconocido. Entonces, cuando nos encontremos, sabremos, sin decir una sola palabra, con el solo brillo de nuestra mirada, si hemos habitado nuestra sombra, si hemos saciado al peregrino, si hemos practicado el ocio o el negocio, si hemos sido visitados por algo infinito. Alteridad.

Los peregrinos de Mambré pagan la hospitalidad del patriarca con creces: anuncian que Sara concebirá. Tras el misterioso encuentro, Abraham es fecundo: el padre del pueblo.

Gracias por transitar con nosotros el año medieval.

Gracias por encontrarnos en septiembre.

 

Mientras, buena sombra.

La Jirafa Rosa