«La revolución del espíritu

es el regreso a la naturaleza,

y el corazón del hombre

es el verdadero templo

donde arde el fuego original»

F. Hölderlin

 

¡REVOLUCIÓN!

 
Regresar es dar la vuelta.
Dar una vuelta es volver a un origen, a un punto de partida.
En latín existe una palabra que significa exactamente eso: se trata del vocablo REVOLUTIO. Por tanto, en su primera acepción, la palabra castellana REVOLUCIÓN significa precisamente eso: completar una vuelta, girar por completo, regresar. Cuando en 1543 Nicolás Copérnico publicó De revolutionibus orbium coelestium, es decir, «Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes», se refería a las vueltas, o las órbitas que observó, efectuaban los astros. Sin embargo, una vez publicado el decisivo tratado de Copérnico, lo que realmente “dio la vuelta” no fueron los planetas, sino la concepción misma que el ser humano tenía del cosmos, y de nuestro lugar en el universo. Copérnico desató una REVOLUCIÓN, ahora sí, con una acepción diferente: el profundo cambio, la mutación de los paradigmas, la transformación esencial e irrevocable.
El siglo XIX fue, sin parangón, la era de las grandes revoluciones. Nació con la Revolución con mayúsculas, esto es, la Francesa, que en realidad iba a durar casi un siglo entero. El XIX fue también el siglo de las revoluciones industriales (que fueron varias), y que a pesar de escribirlas con minúsculas, albergaron la posibilidad de todas las demás, incluidas las sociales, las económicas y por supuesto, las ideológicas. Fue también el XIX la continuación de la revolución científica comenzada con Copérnico, y que es este siglo se transformó en revolución técnica a gran escala.
La Jirafa Rosa ha detenido sus pasos en los pródigos paisajes decimonónicos. Según parece, insiste en alimentarse de sus fértiles campos de la Era de las Revoluciones durante todo el curso. Comenzará por rumiar este trimestre las excelencias del movimiento y filosofía del romanticismo, que abre con intensidad la centuria. En paralelo, y para contrarrestar la intensidad emotiva de los románticos, irá pastando las delicias de los asombrosos avances científicos y técnicos que revolucionaron la historia del ser humano para siempre. Así, en prudente equilibrio, ciencia y arte, razón y pasión, sentido y sensibilidad, trazarán el justo camino de entrada a nuestro estudio anual, sentando las bases de un año muy prometedor. Aderezando el menú del otoño, tres propuestas monográficas: el visionario prerromántico Willian Blake, un viaje literario a los apasionantes monstruos de la literatura del XIX, y por último una inexcusable reflexión sobre el mito del doctor Fausto, fundacional en el imaginario del XIX.
El otoño es época de regreso, de completar la vuelta. Si todo ha ido bien, tras las protectoras sombras estivales, estamos ya preparados para la inminente REVOLUCIÓN. El que regresa ya no es el mismo, o a eso se debe aspirar. Es hora de nuevos caminos, de nuevos conceptos, de renovados paradigmas. Estudiemos juntos el siglo en el que el mundo, a gran escala, se transformó para siempre; el siglo que más explica el mundo de hoy, la centuria que marcó el definitivo punto de inflexión.
La religión judía entona cada verano el cántico “Hashivenu”, en recuerdo al día terrible en el que el su pueblo vio la destrucción del Templo de Jerusalén. “Hashivenu” significa: “Regrésanos”, “Vuélvenos”… es sinónimo de redención, de expiación, de renacimiento. Es una plegaria de regreso a un estado de plenitud. Causalidades del destino: el mito de “La Odisea”, la mayor oda al regreso jamás concebida, se proyecta estos meses de verano en la salas del mundo entero, en forma de superproducción cinematográfica. Algún mensaje guarda para nosotros, sin duda.
Ha llegado el tiempo de regresar. Solo comprende el que regresa. Homero lo sabía bien: el rey Odiseo solo puede volver en forma de mendigo. No es una “evolución”. Es una “revolución”. Ha llegado el tiempo de revolucionar. Ha llegado el momento de reconstruir, entre todos, nuestro templo perdido.
Buen regreso.
 
La Jirafa Rosa